• Alejandro Villegas

Los cuentos de hadas no eran para niños

La literatura encuentra sus orígenes en la transmisión oral, tradición que, mucho antes que la narración escrita, contenía la riqueza acumulada de cada cultura sobre su forma de comprender el mundo. Este conocimiento comenzó a recopilarse a través de relatos populares fantásticos, cargados de intenciones formativas y moralistas, en las denominadas fábulas y cuentos de hadas, que tuvieron gran aceptación en los salones de las clases altas, sobretodo en la Europa del siglo XVII.



Durante esta época y gracias a la imprenta emerge un movimiento decisivo para lo que se conocería posteriormente como “literatura infantil”: la recopilación escrita de fábulas y cuentos. Uno de los principales iniciadores de este movimiento fue el napolitano Giambatista Basile, compilador del famoso libro conocido como “El cuento de los cuentos” o como comúnmente se le conoce: El Pentamerón. Este libro contiene ya los tradicionales y conocidos cuentos de “La Cenicienta”, “Sol, Luna, Thalía” (que es el nombre del relato más antiguo de “La Bella Durmiente”), “El gato con botas”, “Piel de asno”, etc. que, por su estilo barroco y rebuscado, no eran definitivamente pensados para el entendimiento del niño. De hecho, ningún saber o producción estaba destinado para la infancia en aquella época, puesto que no había distinción alguna entre dicho estatuto y el del adulto.



Años más tarde e influenciado por las mismas fuentes de Basile, el compilador francés Charles Perrault, quien era miembro de la corte de Luis XIV y de la Real Academia Francesa, recoge y reúne una importante colección de cuentos tradicionales en su famosa compilación “Cuentos de la Madre Oca”. En ella toman forma y estructura en una nueva versión cuentos tradicionales como “La Bella Durmiente del Bosque”, “Caperucita Roja”, “Barba azul”, “El gato con botas”, “Pulgarcito”, “Cenicienta”, entre otros, destinados para la entretención de las Damas de la corte en las salas de lectura. A pesar de que dichos relatos tampoco fueron escritos para niños, el mismo Perrault pensaba que sus versiones de cuentos tendrían progresivamente un efecto formativo en los lectores, lo que insinúa una intención pedagógica, quizás con el afán de ganar el reconocimiento y simpatía de las mujeres de la corte, que finalmente se encargaban de la crianza de los Delfines.



No es sino a partir de la influencia de compiladores como los hermanos Grimm, durante el Romanticismo (que reconocía en el niño el sentimiento de la emoción en su estado “más puro”), que los cuentos de hadas adquirieron un estatuto temático distinto y por primera vez se dirigen al público infantil con la publicación de los “Cuentos de niños y del hogar”, en 1812. Desde entonces y hasta nuestros días los cuentos de hadas se han ido asociando con la infancia y, entremezclados con finalidades pedagógicas y moralistas, han suavizado también lo que se consideran aspectos “crudos” de los relatos, a tal punto de cambiar significativamente su contenido.



A pesar de lo anterior, autores como Bruno Bettelheim, consideran que los cuentos de hadas debieran leerse por los niños en sus formatos más antiguos, ya que estos contienen en su estructura los elementos universales vinculados a los problemas que han ocupado la mente del ser humano desde sus orígenes, tales como el amor, el odio, la muerte, los celos, la envidia, la rivalidad fraterna, el deseo por la vida eterna, la avaricia, la sexualidad, la independencia de la autoridad parental, el miedo, el deseo de venganza, etc., convirtiéndose incluso en recursos que brindan, a nivel intrapsíquico, solución a dichos planteamientos.



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