• Alejandro Villegas

10 Razones por las que es fundamental que los niños jueguen

Actualizado: 23 de sep de 2020

El juego es una experiencia esencial en el desarrollo de todo niño, pues, más allá de considerarse una fuente de placer y entretenimiento o una herramienta que puede usarse con fines pedagógicos para asistir el aprendizaje (funciones que comúnmente se le adjudican), se vuelve un recurso que impacta favorablemente en los procesos del desarrollo psíquico y emocional del individuo. Desafortunadamente, cuando se trata del juego libre (no dirigido hacia algún fin específico, como enseñar) muchas veces se ve desestimado por ser una actividad que aparentemente se asocia con la holgazanería o con el fomento y uso de la fantasía y la imaginación, procesos que erróneamente se piensa dificultan la capacidad de atender al aprendizaje: “¡Ése niño sólo se la pasa jugando y no hace nada!”, “¡Aquel otro está en las nubes, fantaseando no sé qué y no aprende!”, son frases que solemos escuchar al respecto y que demuestran la poca difusión e importancia que se le otorga al juego con relación a estos procesos y a la niñez en general. Por lo anterior, enumeraremos aquí las principales razones por las que es fundamental que todo niño juegue:



1. Posibilita la experiencia de crear y dar sentido al mundo


El niño que acaba de nacer carece aún de la capacidad de percibir al mundo circundante, es decir, de representar lo que ve, escucha o siente con una imagen mental y de mantener un registro más o menos ordenado de dichas experiencias, ya que no cuenta aún con los recursos de la atención, la memoria, el lenguaje, el pensamiento y otros procesos cognitivos que sirven a esta función. Tampoco es posible ligar una experiencia afectiva con una u otra sensación, ya que no hay, de momento, referentes psíquicos almacenados. Es el adulto quien debe, al principio, hablar y pensar por el niño, nombrarle las cosas, anticiparse a inferir lo que pudiera estar sintiendo o demandando, es gracias a la persona que interactúa con el niño que las cosas del mundo comienzan a dibujarse, a comprenderse, a tomar sentido, puesto que se pueden nominar y después recordar; los sentimientos y sensaciones corporales se pueden ahora localizar en una u otra categoría, por ende, cada vez son más manejables. Es pues, a través del juego entre el niño y el adulto, que se establecen estos primeros encuentros reiterados con el mundo y sus objetos y cuando hacen falta, cuando el adulto que nombra las cosas tarda en llegar, se recurre a lo que ya se percibió, a los recuerdos, aquí nace la memoria; cuando los objetos reales no están, las imágenes que ya existen en la mente y que los representan comienzan a aparecer en su lugar, aquí nace la capacidad de pensar y cuando el pensamiento va ligado a sensaciones placenteras, surge la fantasía y la capacidad de crear lo que no está surge con el proceso de la creatividad. Así pues, el juego permite al niño crear-se al mismo tiempo que la realidad tal como la percibe.


2. Permite diferenciarse respecto a los demás y el resto de las cosas


En el tiempo en que el niño se encuentra en un estado de absoluta dependencia respecto al adulto, surge la sensación de encontrarse fusionado con este, como si ambos compartieran un mismo cuerpo y mente, ya que justo en el momento en que surge la necesidad aparece “mágicamente” una experiencia que la satisface: si el niño siente hambre, el adulto, al darse cuenta, la suprime alimentándolo, esto propicia en el niño la creencia de haber sido él mismo quien omnipotentemente se suministró lo que necesitaba, como si el adulto que alimenta fuera solamente una extensión del propio cuerpo que demanda y se autoabastece; aquí se constituye en el ser humano la impresión de que las cosas pueden materializarse en la realidad con el simple hecho de desearlas o decretarlas con el pensamiento, es una sensación que tiene como referente la experiencia intrauterina y que se prolonga con este estado de simbiosis con el otro. También los objetos del exterior son percibidos como extensiones del mismo cuerpo, que pueden obtenerse con sólo desearlo (el niño señala un juguete y el adulto se lo alcanza), pero a veces ocurre que estos objetos no responden a la voluntad del niño, se desean y no aparecen, el adulto no siempre alcanza a descifrar lo que requiere el niño, otras veces, simplemente no se encuentra ahí para facilitarlos, es a partir de aquí que los objetos progresivamente comienzan a considerarse más una posesión que una extensión del cuerpo: “es algo que no es parte de mí, sino que proviene de fuera, que se puede alcanzar, pero también se puede perder y ello no depende del todo de mí”. Los juguetes, como los primeros objetos que el niño manipula, se vuelven representantes de las cosas del mundo y con el juego, de toda experiencia de presencia y ausencia respecto del otro. El juego introduce la posibilidad de distinguirse de los demás y del resto de las cosas, reproduciendo dicha escena; es una experiencia que se introduce justo en medio del niño y el otro para diferenciarlos.



3. Establece una diferencia entre pares de opuestos significativos


El juego reproduce la escena vivida del vínculo con el otro, de su presencia, pero también de su ausencia y permite la posibilidad de diferenciarse de éste, es una experiencia que, a manera de puente, une con el otro, pero también establece un límite entre ambos.

Cuando el adulto se tarda en responder a las necesidades y demandas del niño, cuando precisa ausentarse temporalmente, lo que surge en su lugar es el juego: los objetos que se manipulan, como los juguetes, representan aspectos de la realidad interna (pensamientos, sueños, fantasías, deseos, etc.) y externa (aquella compartida con los demás) del niño, es decir, sustituyen simbólicamente aquello que es significativo para él y que es parte del mundo, sin embargo, son testimonio también de que, al mismo tiempo, No son él ni las personas en sí mismas, en realidad. Así, el jugar, permite identificarse con los objetos, al proyectar en ellos los aspectos internos y al mismo tiempo da constancia de que son sólo representantes del mundo exterior; de esta forma se establece una distinción progresiva de registros tales como “lo que soy yo y lo que no soy”, lo que está adentro y lo que queda fuera, “lo mío y lo tuyo”, fantasía y realidad, etc.


4. Desarrolla la empatía al considera al semejante


El juego es de dos. Es el otro quien invita al niño a formar parte del juego y es éste mismo quien, con sus ausencias ritmadas, produce en aquel la capacidad de diferenciarse de los demás. Es justo en este momento, que el niño puede desviar la mirada de sí mismo para considerar al semejante, con necesidades, demandas y deseos propios, lo que permite desarrollar la capacidad de empatía. Jugar presupone el establecimiento de reglas y acuerdos en común y la necesaria renuncia, al menos parcial, de los propios intereses narcisistas, en aras de consentir lo que también el otro piensa o desea. Un juego no puede desarrollarse si no se conocen de antemano las reglas y si no se está de acuerdo con ellas, si una u otra no es consentida, el juego debe detenerse, cuando alguno de los participantes no está cómodo con lo que se juega o no se está disfrutando, entonces debe parar, porque el juego no es una actividad impuesta, ya desde su origen constitutivo se ofrece como una posibilidad, como la invitación a formar parte de un vínculo relacional que introduce la dimensión de lo novedoso, por eso debe mantener su carácter flexible y de libre voluntad. La agresión es admisible sólo en la medida en que se siga jugando y jugar es “hacer como si”, si se transgrede esta norma (cuya función es distinguir entre realidad y fantasía) y alguien resulta lastimado en la realidad, entonces ya no se trata de un juego; si ocurre de manera accidental, el juego puede pausarse para asegurarse de que el compañero esté bien, así se desarrolla la capacidad de preocuparse por el otro y de reparar el daño cometido. Ninguna regla o ningún derecho durante el jugar se puede exigir con violencia, porque el niño, en su experiencia, sabe que el juego ahí se termina y la posibilidad de toda correspondencia, también. El juego establece las bases de toda forma de relación social.



5. Hace soportables las ausencias, sustituyendo lo que no está


Una de las funciones del yo que se constituyen junto con la experiencia de jugar es el lenguaje y, con ello, el proceso de simbolización, es decir, la posibilidad de pensar el mundo gracias a los símbolos que presta aquel, para poder nominar y enunciar las cosas. Un símbolo representa aspectos concretos de la realidad que no necesariamente se encuentran presentes, en otras palabras, sustituye lo ausente: al pensar o nombrar algo, se evoca la imagen mental asociada a ése símbolo y con ella la misma experiencia afectiva que se ligó originalmente. Por ejemplo, cuando un niño pequeño se encuentra triste en la guardería porque extraña a su madre, es común que pregunte reiteradamente por “mamá”, pues el pensarla y nombrarla trae consigo sentimientos asociados a su relación con ella que parcialmente lo tranquilizan y confortan, en tanto que la madre real vuelve. Así, el niño puede también calmarse y sentirse mejor jugando con otra persona algún juego compartido entre él y su madre o recurriendo a algún juguete que le recuerda su hogar y los sentimientos de seguridad vinculados a este. El juego del que el niño disponga para sustituir simbólicamente las ausencias de alguien significativo no tiene por qué tratarse del mismo compartido entre ambos, tampoco debe necesariamente representar escenas evidentes de lo familiar o la persona añorada, basta con que le permita evocar una imagen tranquilizadora que pueda hacer soportables las ausencias intermitentes y ejercer un control omnipotente de la posibilidad de su retorno a través de la fantasía, tal como ocurre en el juego del Fort-Da.


6. Desarrolla la capacidad de estar solo


A pesar de que el juego siempre es de dos, se puede también jugar a solas, porque la ausencia y la soledad son ineludibles en toda experiencia humana, aún así, cuando se juega “solo”, en realidad el otro sigue estando presente. Ya decíamos cómo el juego posibilita evocar simbólicamente al otro significativo en la medida en que puede ser pensado, nombrado y representado con los juguetes y con las escenas que se despliegan de ello, así, cuando vemos a un niño jugando “solo” en un rincón, realmente se encuentra interactuando, a través de la fantasía, con sus objetos internos: con las imágenes que representan sus vínculos con los demás y con el mundo. El juego asiste, pues, a desarrollar la capacidad de estar solo y de tolerar la espera. En la actualidad los niños (y por supuesto, también los adultos) no soportan estar solos consigo mismos, no se tolera el tiempo “muerto” entre una actividad y otra, no hay lugar ya para el silencio, para la espera, para poder extrañar, la era de la tecnología nos conecta con los demás con sólo presionar un botón; los recursos digitales, en los cuales la infancia está absorta, obstruyen la capacidad de desplegar la creatividad, la fantasía y la imaginación, procesos que surgen precisamente con el juego justo en el espacio que queda entre la presencia y la ausencia: los niños, ahora, no saben cómo responder ante una hoja en blanco, no saben cómo desplegar un juego espontaneo si no es que se le injerta un guión o un diálogo prediseñado de los videojuegos o películas que conoce, los niños, cuando están inhibidos en la función de jugar, dicen que están aburridos, a pesar de que se tengan enfrente todos los juguetes del mundo; la verdadera capacidad de jugar y de crear puede prescindir de estos, puesto que se puede hacer algo con poco o con nada.



7. Desarrolla y estimula la creatividad y la fantasía


El desarrollo de la creatividad, como otra función del yo, es posible gracias a que el ser humano requiere restituir la experiencia afectiva de base que se establece en el encuentro con el otro significativo que le invita a formar parte del mundo, creando y recreando experiencias lo más parecidas posibles, el juego es una de ellas. A partir de entonces, dicha función es sostenida, prolongada y estimulada por diversas expresiones humanas que simplemente varían en función de prioridades adaptativas: del juego, al deporte y el arte hasta el trabajo intelectual.

La fantasía es otra de las funciones que surgen a la par de los procesos constitutivos del yo y que se vuelve un soporte fundamental del juego, pues abre la posibilidad de poder “hacer como si” sin ejercer una influencia directa en la realidad. Esta es una de las funciones más importantes de la fantasía, puesto que permite satisfacer parcialmente impulsos (tanto destructivos, como sexuales) que por otras vías supondrían un conflicto con la realidad. La experiencia del juego y particularmente el que juega con el niño permiten a éste último distinguir entre realidad y fantasía en la medida en que se consiente la libre expresión de la misma sin ningún tipo de censura o represalia, a la vez que se delimita deteniendo el juego cuando éste no cumple con los requisitos que lo definen, por ejemplo, cuando se ha dejado de “hacer como si” y alguien resulta lastimado en la realidad.


8. Permite la expresión de sentimientos e ideas inadmisibles por otras vías


La libre expresión del juego y el despliegue espontáneo de las fantasías concomitantes permiten al niño hacer uso de vías adecuadas de descarga de afectos que en cualquier otro contexto serían inadmisibles (como el odio, los celos, la envidia, etc.), incluso si se trata de otros espacios de esparcimiento y recreación en los que el juego está también presente, pero donde no está permitido “jugar a esas cosas”. Por eso es común escuchar a los padres extrañarse de los juegos que se describen de los niños en un contexto libre, como en el de la psicoterapia psicoanalítica, argumentando que “nunca han visto a su hijo jugar a ésas cosas”.

En el juego, la agresión y el sadismo, tan comunes en la condición infantil, deben permitirse y tolerarse en el marco que delimita el mismo, pues la fantasía supone una vía segura de expresión que de ser restringida puede traer como consecuencia que el niño actúe en la realidad lo que pudo haber representado en el juego o, que en el peor de los casos, enferme. Así, si el niño juega a matar, por ejemplo, mientras se siga la regla de “hacer como si (te mato)”, nadie muere en realidad, porque “seguimos jugando”. Por otro lado, si la agresión, el sadismo y la violencia dominan toda la escena del juego se debe también establecer un límite para salvaguardar la estabilidad psíquica del niño, si esto ocurre, es mejor que un especialista intervenga en un contexto clínico.



9. Resguarda, por instantes, de situaciones apremiantes


El juego es el refugio por excelencia con el que todo niño cuenta para desentenderse intermitentemente de las exigencias y demandas de la realidad. Jugar equivale a las “vías de escape” que el adulto utiliza para el mismo fin, como el lenguaje, la ensoñación, el arte, el deporte e incluso el sueño. En el espacio en el que el niño juega el adulto queda excluido de toda influencia y de todo dominio, pues la fantasía, la imaginación y la creatividad se combinan para hacer soportable la realidad, construyendo una nueva, aquella en la que se es dueño y en la que se ejerce un control omnipotente de los objetos que representan a los de afuera. Si en el mundo de los adultos el niño se ve impotente, por la diferencia abismal de tamaño, fuerza e inteligencia entre ambos, en el juego las cosas se invierten y esto es tranquilizador. El niño que juega debe consentir la participación del adulto y éste debe respetar y no transgredir el espacio en el que se desenvuelve, recordemos que la posibilidad de jugar inicia con una invitación por parte del otro y no debe ser forzada. Si el niño se rehúsa siempre a que otro participe, entonces hay que mostrarle las ventajas de relacionarse con los demás, ahora es el adulto quien debe invitar y enseñar a jugar, porque el juego es de dos. Por otro lado, tampoco es conveniente que el niño permanezca demasiado tiempo sumergido en el mundo de la fantasía e imaginación que ofrece el juego, porque se perdería entonces de lo que la realidad puede otorgarle, como la interacción real con las personas, por ejemplo. El juego es una experiencia transitoria, es un puente que une la realidad interna con la externa y no se puede estar todo el tiempo en medio. Si el niño está imposibilitado de abandonar el juego es porque no ha encontrado otras vías plausibles de vinculación con los demás que no sean percibidas como amenazantes y requiere de alguien que le muestre un pasaje seguro y dosificado a la realidad compartida.


10. Posibilita la resolución de conflictos emocionales que pueden ser complejos


Hemos hablado hasta aquí de cómo el juego asiste al establecimiento de una seguridad de base que permite posteriormente diferenciarse del otro y el resto de la cosas, para dar paso luego a un proceso de constitución del yo y de la realidad, tanto interna como externa; del cómo, además, el juego posibilita la preservación de dicha realidad haciéndola soportable, como una especie de búnker provisional al que se puede ingresar en la medida en que el niño lo requiera. Ahora bien, el juego resulta ser el recurso ideal y más económico (en términos de energía psíquica) con el que el niño puede hacer frente al sufrimiento, expresado en malestar emocional, síntomas e inhibiciones. El niño, a diferencia del adulto, no cuenta aún con el dominio del lenguaje para poder expresar sus necesidades, demandas y deseos, tampoco para nombrar o comprender aquello que lo aqueja; sin embargo, el juego, junto con la fantasía y el proceso de simbolización, le permiten lidiar con aspectos complejos y contradictorios de la mente (como el hecho de que se puede amar y odiar algo al mismo tiempo), así como con otros asuntos de la realidad que son difíciles de elaborar y a los que estará sujeto por el simple hecho de vivir y vincularse con los otros (como la posibilidad de la pérdida y la desilusión). Por ejemplo, un niño comprenderá mejor lo que implica la separación de sus padres si se tiene la posibilidad de jugar a ello, en vez de someterlo a una exhaustiva sesión explicativa, por más que se le hable “con sus propias palabras”, de la misma forma que el juego le enseñará por sí mismo por qué tiene que respetar los derechos de los otros, mejor que si se le da una perorata acerca de los valores.

A través de la manipulación omnipotente de los objetos (como los juguetes) que se da con el uso de la fantasía y la imaginación, el niño que juega puede resolver conflictos internos que, por su naturaleza compleja, serían irresolubles por otras vías, de tal manera que toda influencia ejercida durante el juego tendrá un impacto a su vez en la realidad interna del niño y paulatinamente en aquella que es compartida con los demás (recordemos que los objetos que el niño manipula representan aspectos de ambas realidades). El aporte fundamental del psicoanálisis al entendimiento del niño consistió en proponer y adaptar la técnica del juego libre como tratamiento del malestar psíquico y emocional infantil, estableciendo así una vía más directa y fiable para acceder a contenidos complejos de su mente y poder ejercer una influencia significativa en su desarrollo.






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