• Alejandro Villegas

El nombre propio: destino de vida y muerte

El nombre propio, ésa huella indeleble en el sujeto que le nomina e individualiza, referente de un lugar, un estatuto y una historia, ligado a las funciones de maternidad y paternidad, portador de significación y de deseo, introduce la dimensión simbólica de las relaciones sociales. El carácter multívoco del lenguaje se difumina en el nombre propio que, desprovisto de significado (en tanto que no es signo lingüístico), adquiere sentido individual, único, en un interpretante, particularmente en el deseo parental.



El nombre propio es prehistoria y destino, es un legado transgeneracional que remite a los orígenes del inconsciente familiar pero que deviene único, en su especificidad como marca del sujeto, por eso no existe plural en su gramática. La donación del nombre representa el nacimiento simbólico del niño, significa la adopción del hijo en el deseo parental y la posibilidad de un destino, uno que puede movilizar o paralizar, la ausencia de nombre está ligada al caos y la muerte:

Antes y durante el siglo XVII no era costumbre nombrar a los recién nacidos pues, debido a la alta tasa de mortalidad neonatal, se evitaba así la posibilidad de todo vínculo afectivo con el niño con un futuro incierto y se le dotaba de un nombre sólo después de haber alcanzado mayor edad; durante la Edad Media los niños solían recibir el mismo nombre del hermano y se diferenciaban solamente por el apelativo de “mayor” o “menor”, pues en esta época el niño no gozaba de dicho estatuto social ni del derecho al nombre como Institución. Esta costumbre se extendió hasta la Edad Moderna, en cuya variante encontramos que al niño se le nombra igual que al hermano muerto, lo cual puede ser desastroso si no logra metaforizarse en su singularidad.



Antes de nuestro Vincent Van Gogh, hubo otro niño con el mismo nombre, su hermano mayor, que falleció a los seis meses de haber nacido. La sombra de este hermano acompañó en todo momento la vida taciturna del pintor, que tuvo que soportar el fantasma de sustituir a un muerto, ante los ojos amorosos de la madre que “quizás miraba a ‘otro’ niño cuando lo veía a él”. Ni su vida social, amorosa, profesional o laboral fue fructífera y la sombra de la muerte lo alcanzó a los 37 años, donde decide acabar con su vida, con la vida de Vincent “el extraño”.


El nombre, como filiación, está atado al fantasma familiar, pero no definitivamente, puesto que el proceso de subjetivación implica apropiarlo y dotarlo de un sentido particular, de una historia personal que permite la diferenciación e individuación, un camino cuyo destino es el desprendimiento del deseo parental y la asunción de uno propio.



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