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10 Razones por las que es fundamental que los niƱos jueguen

  • Foto del escritor: Alejandro Villegas
    Alejandro Villegas
  • 7 mar 2020
  • 12 Min. de lectura

Actualizado: 23 sept 2020

El juego es una experiencia esencial en el desarrollo de todo niƱo, pues, mĆ”s allĆ” de considerarse una fuente de placer y entretenimiento o una herramienta que puede usarse con fines pedagógicos para asistir el aprendizaje (funciones que comĆŗnmente se le adjudican), se vuelve un recurso que impacta favorablemente en los procesos del desarrollo psĆ­quico y emocional del individuo. Desafortunadamente, cuando se trata del juego libre (no dirigido hacia algĆŗn fin especĆ­fico, como enseƱar) muchas veces se ve desestimado por ser una actividad que aparentemente se asocia con la holgazanerĆ­a o con el fomento y uso de la fantasĆ­a y la imaginación, procesos que erróneamente se piensa dificultan la capacidad de atender al aprendizaje: ā€œĀ”Ć‰se niƱo sólo se la pasa jugando y no hace nada!ā€, ā€œĀ”Aquel otro estĆ” en las nubes, fantaseando no sĆ© quĆ© y no aprende!ā€, son frases que solemos escuchar al respecto y que demuestran la poca difusión e importancia que se le otorga al juego con relación a estos procesos y a la niƱez en general. Por lo anterior, enumeraremos aquĆ­ las principales razones por las que es fundamental que todo niƱo juegue:



1. Posibilita la experiencia de crear y dar sentido al mundo


El niño que acaba de nacer carece aún de la capacidad de percibir al mundo circundante, es decir, de representar lo que ve, escucha o siente con una imagen mental y de mantener un registro mÔs o menos ordenado de dichas experiencias, ya que no cuenta aún con los recursos de la atención, la memoria, el lenguaje, el pensamiento y otros procesos cognitivos que sirven a esta función. Tampoco es posible ligar una experiencia afectiva con una u otra sensación, ya que no hay, de momento, referentes psíquicos almacenados. Es el adulto quien debe, al principio, hablar y pensar por el niño, nombrarle las cosas, anticiparse a inferir lo que pudiera estar sintiendo o demandando, es gracias a la persona que interactúa con el niño que las cosas del mundo comienzan a dibujarse, a comprenderse, a tomar sentido, puesto que se pueden nominar y después recordar; los sentimientos y sensaciones corporales se pueden ahora localizar en una u otra categoría, por ende, cada vez son mÔs manejables. Es pues, a través del juego entre el niño y el adulto, que se establecen estos primeros encuentros reiterados con el mundo y sus objetos y cuando hacen falta, cuando el adulto que nombra las cosas tarda en llegar, se recurre a lo que ya se percibió, a los recuerdos, aquí nace la memoria; cuando los objetos reales no estÔn, las imÔgenes que ya existen en la mente y que los representan comienzan a aparecer en su lugar, aquí nace la capacidad de pensar y cuando el pensamiento va ligado a sensaciones placenteras, surge la fantasía y la capacidad de crear lo que no estÔ surge con el proceso de la creatividad. Así pues, el juego permite al niño crear-se al mismo tiempo que la realidad tal como la percibe.


2. Permite diferenciarse respecto a los demƔs y el resto de las cosas


En el tiempo en que el niƱo se encuentra en un estado de absoluta dependencia respecto al adulto, surge la sensación de encontrarse fusionado con este, como si ambos compartieran un mismo cuerpo y mente, ya que justo en el momento en que surge la necesidad aparece ā€œmĆ”gicamenteā€ una experiencia que la satisface: si el niƱo siente hambre, el adulto, al darse cuenta, la suprime alimentĆ”ndolo, esto propicia en el niƱo la creencia de haber sido Ć©l mismo quien omnipotentemente se suministró lo que necesitaba, como si el adulto que alimenta fuera solamente una extensión del propio cuerpo que demanda y se autoabastece; aquĆ­ se constituye en el ser humano la impresión de que las cosas pueden materializarse en la realidad con el simple hecho de desearlas o decretarlas con el pensamiento, es una sensación que tiene como referente la experiencia intrauterina y que se prolonga con este estado de simbiosis con el otro. TambiĆ©n los objetos del exterior son percibidos como extensiones del mismo cuerpo, que pueden obtenerse con sólo desearlo (el niƱo seƱala un juguete y el adulto se lo alcanza), pero a veces ocurre que estos objetos no responden a la voluntad del niƱo, se desean y no aparecen, el adulto no siempre alcanza a descifrar lo que requiere el niƱo, otras veces, simplemente no se encuentra ahĆ­ para facilitarlos, es a partir de aquĆ­ que los objetos progresivamente comienzan a considerarse mĆ”s una posesión que una extensión del cuerpo: ā€œes algo que no es parte de mĆ­, sino que proviene de fuera, que se puede alcanzar, pero tambiĆ©n se puede perder y ello no depende del todo de mĆ­ā€. Los juguetes, como los primeros objetos que el niƱo manipula, se vuelven representantes de las cosas del mundo y con el juego, de toda experiencia de presencia y ausencia respecto del otro. El juego introduce la posibilidad de distinguirse de los demĆ”s y del resto de las cosas, reproduciendo dicha escena; es una experiencia que se introduce justo en medio del niƱo y el otro para diferenciarlos.



3. Establece una diferencia entre pares de opuestos significativos


El juego reproduce la escena vivida del vƭnculo con el otro, de su presencia, pero tambiƩn de su ausencia y permite la posibilidad de diferenciarse de Ʃste, es una experiencia que, a manera de puente, une con el otro, pero tambiƩn establece un lƭmite entre ambos.

Cuando el adulto se tarda en responder a las necesidades y demandas del niƱo, cuando precisa ausentarse temporalmente, lo que surge en su lugar es el juego: los objetos que se manipulan, como los juguetes, representan aspectos de la realidad interna (pensamientos, sueƱos, fantasĆ­as, deseos, etc.) y externa (aquella compartida con los demĆ”s) del niƱo, es decir, sustituyen simbólicamente aquello que es significativo para Ć©l y que es parte del mundo, sin embargo, son testimonio tambiĆ©n de que, al mismo tiempo, No son Ć©l ni las personas en sĆ­ mismas, en realidad. AsĆ­, el jugar, permite identificarse con los objetos, al proyectar en ellos los aspectos internos y al mismo tiempo da constancia de que son sólo representantes del mundo exterior; de esta forma se establece una distinción progresiva de registros tales como ā€œlo que soy yo y lo que no soyā€, lo que estĆ” adentro y lo que queda fuera, ā€œlo mĆ­o y lo tuyoā€, fantasĆ­a y realidad, etc.


4. Desarrolla la empatĆ­a al considera al semejante


El juego es de dos. Es el otro quien invita al niƱo a formar parte del juego y es Ć©ste mismo quien, con sus ausencias ritmadas, produce en aquel la capacidad de diferenciarse de los demĆ”s. Es justo en este momento, que el niƱo puede desviar la mirada de sĆ­ mismo para considerar al semejante, con necesidades, demandas y deseos propios, lo que permite desarrollar la capacidad de empatĆ­a. Jugar presupone el establecimiento de reglas y acuerdos en comĆŗn y la necesaria renuncia, al menos parcial, de los propios intereses narcisistas, en aras de consentir lo que tambiĆ©n el otro piensa o desea. Un juego no puede desarrollarse si no se conocen de antemano las reglas y si no se estĆ” de acuerdo con ellas, si una u otra no es consentida, el juego debe detenerse, cuando alguno de los participantes no estĆ” cómodo con lo que se juega o no se estĆ” disfrutando, entonces debe parar, porque el juego no es una actividad impuesta, ya desde su origen constitutivo se ofrece como una posibilidad, como la invitación a formar parte de un vĆ­nculo relacional que introduce la dimensión de lo novedoso, por eso debe mantener su carĆ”cter flexible y de libre voluntad. La agresión es admisible sólo en la medida en que se siga jugando y jugar es ā€œhacer como siā€, si se transgrede esta norma (cuya función es distinguir entre realidad y fantasĆ­a) y alguien resulta lastimado en la realidad, entonces ya no se trata de un juego; si ocurre de manera accidental, el juego puede pausarse para asegurarse de que el compaƱero estĆ© bien, asĆ­ se desarrolla la capacidad de preocuparse por el otro y de reparar el daƱo cometido. Ninguna regla o ningĆŗn derecho durante el jugar se puede exigir con violencia, porque el niƱo, en su experiencia, sabe que el juego ahĆ­ se termina y la posibilidad de toda correspondencia, tambiĆ©n. El juego establece las bases de toda forma de relación social.



5. Hace soportables las ausencias, sustituyendo lo que no estĆ”


Una de las funciones del yo que se constituyen junto con la experiencia de jugar es el lenguaje y, con ello, el proceso de simbolización, es decir, la posibilidad de pensar el mundo gracias a los sĆ­mbolos que presta aquel, para poder nominar y enunciar las cosas. Un sĆ­mbolo representa aspectos concretos de la realidad que no necesariamente se encuentran presentes, en otras palabras, sustituye lo ausente: al pensar o nombrar algo, se evoca la imagen mental asociada a Ć©se sĆ­mbolo y con ella la misma experiencia afectiva que se ligó originalmente. Por ejemplo, cuando un niƱo pequeƱo se encuentra triste en la guarderĆ­a porque extraƱa a su madre, es comĆŗn que pregunte reiteradamente por ā€œmamĆ”ā€, pues el pensarla y nombrarla trae consigo sentimientos asociados a su relación con ella que parcialmente lo tranquilizan y confortan, en tanto que la madre real vuelve. AsĆ­, el niƱo puede tambiĆ©n calmarse y sentirse mejor jugando con otra persona algĆŗn juego compartido entre Ć©l y su madre o recurriendo a algĆŗn juguete que le recuerda su hogar y los sentimientos de seguridad vinculados a este. El juego del que el niƱo disponga para sustituir simbólicamente las ausencias de alguien significativo no tiene por quĆ© tratarse del mismo compartido entre ambos, tampoco debe necesariamente representar escenas evidentes de lo familiar o la persona aƱorada, basta con que le permita evocar una imagen tranquilizadora que pueda hacer soportables las ausencias intermitentes y ejercer un control omnipotente de la posibilidad de su retorno a travĆ©s de la fantasĆ­a, tal como ocurre en el juego del Fort-Da.


6. Desarrolla la capacidad de estar solo


A pesar de que el juego siempre es de dos, se puede tambiĆ©n jugar a solas, porque la ausencia y la soledad son ineludibles en toda experiencia humana, aĆŗn asĆ­, cuando se juega ā€œsoloā€, en realidad el otro sigue estando presente. Ya decĆ­amos cómo el juego posibilita evocar simbólicamente al otro significativo en la medida en que puede ser pensado, nombrado y representado con los juguetes y con las escenas que se despliegan de ello, asĆ­, cuando vemos a un niƱo jugando ā€œsoloā€ en un rincón, realmente se encuentra interactuando, a travĆ©s de la fantasĆ­a, con sus objetos internos: con las imĆ”genes que representan sus vĆ­nculos con los demĆ”s y con el mundo. El juego asiste, pues, a desarrollar la capacidad de estar solo y de tolerar la espera. En la actualidad los niƱos (y por supuesto, tambiĆ©n los adultos) no soportan estar solos consigo mismos, no se tolera el tiempo ā€œmuertoā€ entre una actividad y otra, no hay lugar ya para el silencio, para la espera, para poder extraƱar, la era de la tecnologĆ­a nos conecta con los demĆ”s con sólo presionar un botón; los recursos digitales, en los cuales la infancia estĆ” absorta, obstruyen la capacidad de desplegar la creatividad, la fantasĆ­a y la imaginación, procesos que surgen precisamente con el juego justo en el espacio que queda entre la presencia y la ausencia: los niƱos, ahora, no saben cómo responder ante una hoja en blanco, no saben cómo desplegar un juego espontaneo si no es que se le injerta un guión o un diĆ”logo prediseƱado de los videojuegos o pelĆ­culas que conoce, los niƱos, cuando estĆ”n inhibidos en la función de jugar, dicen que estĆ”n aburridos, a pesar de que se tengan enfrente todos los juguetes del mundo; la verdadera capacidad de jugar y de crear puede prescindir de estos, puesto que se puede hacer algo con poco o con nada.



7. Desarrolla y estimula la creatividad y la fantasĆ­a


El desarrollo de la creatividad, como otra función del yo, es posible gracias a que el ser humano requiere restituir la experiencia afectiva de base que se establece en el encuentro con el otro significativo que le invita a formar parte del mundo, creando y recreando experiencias lo mÔs parecidas posibles, el juego es una de ellas. A partir de entonces, dicha función es sostenida, prolongada y estimulada por diversas expresiones humanas que simplemente varían en función de prioridades adaptativas: del juego, al deporte y el arte hasta el trabajo intelectual.

La fantasĆ­a es otra de las funciones que surgen a la par de los procesos constitutivos del yo y que se vuelve un soporte fundamental del juego, pues abre la posibilidad de poder ā€œhacer como siā€ sin ejercer una influencia directa en la realidad. Esta es una de las funciones mĆ”s importantes de la fantasĆ­a, puesto que permite satisfacer parcialmente impulsos (tanto destructivos, como sexuales) que por otras vĆ­as supondrĆ­an un conflicto con la realidad. La experiencia del juego y particularmente el que juega con el niƱo permiten a Ć©ste Ćŗltimo distinguir entre realidad y fantasĆ­a en la medida en que se consiente la libre expresión de la misma sin ningĆŗn tipo de censura o represalia, a la vez que se delimita deteniendo el juego cuando Ć©ste no cumple con los requisitos que lo definen, por ejemplo, cuando se ha dejado de ā€œhacer como siā€ y alguien resulta lastimado en la realidad.


8. Permite la expresión de sentimientos e ideas inadmisibles por otras vías


La libre expresión del juego y el despliegue espontĆ”neo de las fantasĆ­as concomitantes permiten al niƱo hacer uso de vĆ­as adecuadas de descarga de afectos que en cualquier otro contexto serĆ­an inadmisibles (como el odio, los celos, la envidia, etc.), incluso si se trata de otros espacios de esparcimiento y recreación en los que el juego estĆ” tambiĆ©n presente, pero donde no estĆ” permitido ā€œjugar a esas cosasā€. Por eso es comĆŗn escuchar a los padres extraƱarse de los juegos que se describen de los niƱos en un contexto libre, como en el de la psicoterapia psicoanalĆ­tica, argumentando que ā€œnunca han visto a su hijo jugar a Ć©sas cosasā€.

En el juego, la agresión y el sadismo, tan comunes en la condición infantil, deben permitirse y tolerarse en el marco que delimita el mismo, pues la fantasĆ­a supone una vĆ­a segura de expresión que de ser restringida puede traer como consecuencia que el niƱo actĆŗe en la realidad lo que pudo haber representado en el juego o, que en el peor de los casos, enferme. AsĆ­, si el niƱo juega a matar, por ejemplo, mientras se siga la regla de ā€œhacer como si (te mato)ā€, nadie muere en realidad, porque ā€œseguimos jugandoā€. Por otro lado, si la agresión, el sadismo y la violencia dominan toda la escena del juego se debe tambiĆ©n establecer un lĆ­mite para salvaguardar la estabilidad psĆ­quica del niƱo, si esto ocurre, es mejor que un especialista intervenga en un contexto clĆ­nico.



9. Resguarda, por instantes, de situaciones apremiantes


El juego es el refugio por excelencia con el que todo niƱo cuenta para desentenderse intermitentemente de las exigencias y demandas de la realidad. Jugar equivale a las ā€œvĆ­as de escapeā€ que el adulto utiliza para el mismo fin, como el lenguaje, la ensoƱación, el arte, el deporte e incluso el sueƱo. En el espacio en el que el niƱo juega el adulto queda excluido de toda influencia y de todo dominio, pues la fantasĆ­a, la imaginación y la creatividad se combinan para hacer soportable la realidad, construyendo una nueva, aquella en la que se es dueƱo y en la que se ejerce un control omnipotente de los objetos que representan a los de afuera. Si en el mundo de los adultos el niƱo se ve impotente, por la diferencia abismal de tamaƱo, fuerza e inteligencia entre ambos, en el juego las cosas se invierten y esto es tranquilizador. El niƱo que juega debe consentir la participación del adulto y Ć©ste debe respetar y no transgredir el espacio en el que se desenvuelve, recordemos que la posibilidad de jugar inicia con una invitación por parte del otro y no debe ser forzada. Si el niƱo se rehĆŗsa siempre a que otro participe, entonces hay que mostrarle las ventajas de relacionarse con los demĆ”s, ahora es el adulto quien debe invitar y enseƱar a jugar, porque el juego es de dos. Por otro lado, tampoco es conveniente que el niƱo permanezca demasiado tiempo sumergido en el mundo de la fantasĆ­a e imaginación que ofrece el juego, porque se perderĆ­a entonces de lo que la realidad puede otorgarle, como la interacción real con las personas, por ejemplo. El juego es una experiencia transitoria, es un puente que une la realidad interna con la externa y no se puede estar todo el tiempo en medio. Si el niƱo estĆ” imposibilitado de abandonar el juego es porque no ha encontrado otras vĆ­as plausibles de vinculación con los demĆ”s que no sean percibidas como amenazantes y requiere de alguien que le muestre un pasaje seguro y dosificado a la realidad compartida.


10. Posibilita la resolución de conflictos emocionales que pueden ser complejos


Hemos hablado hasta aquĆ­ de cómo el juego asiste al establecimiento de una seguridad de base que permite posteriormente diferenciarse del otro y el resto de la cosas, para dar paso luego a un proceso de constitución del yo y de la realidad, tanto interna como externa; del cómo, ademĆ”s, el juego posibilita la preservación de dicha realidad haciĆ©ndola soportable, como una especie de bĆŗnker provisional al que se puede ingresar en la medida en que el niƱo lo requiera. Ahora bien, el juego resulta ser el recurso ideal y mĆ”s económico (en tĆ©rminos de energĆ­a psĆ­quica) con el que el niƱo puede hacer frente al sufrimiento, expresado en malestar emocional, sĆ­ntomas e inhibiciones. El niƱo, a diferencia del adulto, no cuenta aĆŗn con el dominio del lenguaje para poder expresar sus necesidades, demandas y deseos, tampoco para nombrar o comprender aquello que lo aqueja; sin embargo, el juego, junto con la fantasĆ­a y el proceso de simbolización, le permiten lidiar con aspectos complejos y contradictorios de la mente (como el hecho de que se puede amar y odiar algo al mismo tiempo), asĆ­ como con otros asuntos de la realidad que son difĆ­ciles de elaborar y a los que estarĆ” sujeto por el simple hecho de vivir y vincularse con los otros (como la posibilidad de la pĆ©rdida y la desilusión). Por ejemplo, un niƱo comprenderĆ” mejor lo que implica la separación de sus padres si se tiene la posibilidad de jugar a ello, en vez de someterlo a una exhaustiva sesión explicativa, por mĆ”s que se le hable ā€œcon sus propias palabrasā€, de la misma forma que el juego le enseƱarĆ” por sĆ­ mismo por quĆ© tiene que respetar los derechos de los otros, mejor que si se le da una perorata acerca de los valores.

A través de la manipulación omnipotente de los objetos (como los juguetes) que se da con el uso de la fantasía y la imaginación, el niño que juega puede resolver conflictos internos que, por su naturaleza compleja, serían irresolubles por otras vías, de tal manera que toda influencia ejercida durante el juego tendrÔ un impacto a su vez en la realidad interna del niño y paulatinamente en aquella que es compartida con los demÔs (recordemos que los objetos que el niño manipula representan aspectos de ambas realidades). El aporte fundamental del psicoanÔlisis al entendimiento del niño consistió en proponer y adaptar la técnica del juego libre como tratamiento del malestar psíquico y emocional infantil, estableciendo así una vía mÔs directa y fiable para acceder a contenidos complejos de su mente y poder ejercer una influencia significativa en su desarrollo.






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