• Alejandro Villegas

¿Un hijo no deseado está condenado a sufrir?

Actualizado: 30 de sep de 2020

Hoy en día existe una opinión generalizada respecto a la influencia del deseo parental en el porvenir del niño, particularmente que éste se encontrará irremediablemente atado al sufrimiento cuando no fue deseado por sus padres. En el imaginario social se difunde la idea de que en estos casos es mejor evitar la concepción e incluso que un embarazo llegue a término, porque se piensa que es preferible a que el niño atraviese una vida llena de desventura. "Una vida no se salva con sólo dejarla nacer", es una frase que representa bien ésta opinión y que, si no fuera por el sesgo ideológico vinculado a la crítica por los embarazos no deseados que llegan a término, nos revela simplemente una verdad muy obvia. Así, circulan en internet fotografías de niños en estado de desamparo acompañadas de textos que hacen alusión a que se puede remediar el hecho de que un padre abandone, violente o descuide a su hijo evitando que nazca cuando no es deseado. En el ámbito de la Salud Mental se abraza la conjetura/pronóstico, casi como si de un destino trazado se tratara, de que el malestar en el niño se anuda al hecho de que no fue deseado por los padres: "¿fue deseado?", se pregunta rigurosamente en las entrevistas clínicas. A pesar de todo lo anterior, el psicoanálisis ha demostrado que la pregunta por el deseo parental hacia el hijo se extiende más allá del simple binomio "ser deseado-no ser deseado", para abrir la dimensión sobre el "¿para qué fue deseado?"


Tenemos entonces, por un lado, ésta tendencia a adjudicar problemas sociales complejos como la orfandad, la carestía, el desamparo afectivo, la violencia, el abuso infantil, la irresponsabilidad parental, etc., a una sola explicación causal, a saber, que un hijo nació sin ser deseado y la consiguiente propuesta de “la solución más lógica” que es evitar que nazca para no sufrir (¿quién?), como si el estar vivo tuviera que excluir el sufrimiento y el dolor; por otro lado, la afirmación imprecisa de que para que un niño sea sano y feliz se le tuvo que haber deseado. Como consecuencia de lo anterior se ha desencadenado, en el ardid de nuestra época contemporánea, un temor (casi repudio) creciente sobre la paternidad y por todo lo que representa hacerse cargo de un hijo, sobre todo en los adultos jóvenes. Françoise Dolto, médico pediatra y psicoanalista francesa, observa que “evitar tener un hijo y saber que puede evitarse hace que la decisión de dar la luz verde al hijo sea muy difícil para algunos que quisieran estar ya completamente preparados para ello” y, como consecuencia, se ha dado a su vez una exponencial preocupación, casi obsesiva, por el uso de los métodos anticonceptivos en los cuales (y paradójicamente contrario a lo que debieran promover), se delega completamente la capacidad de responder a la decisión por la paternidad, “si los medios anticonceptivos permiten que el individuo madure y se haga capaz de asumir sus responsabilidades, no deben tampoco ser una obsesión en la inmadurez de los jóvenes”, señala Dolto.


Un efecto colateral a la incertidumbre por lo que representa la paternidad y que deriva de la tendencia a decidir si el niño debe venir o no, se expresa en la costumbre de “programar” su nacimiento, "como si se tratara de la compra de una lavadora o una televisión, desgraciadamente se llama a estos hijos deseados”, dice Dolto. Un hijo deseado es aquel que viene “por añadidura” en una familia o pareja que ya era plena y feliz sin aquel, de tal forma que si no estaba planeado e incluso si no era deseado, permitirá a los padres entonces desarrollar sus cualidades simbólicas de maternaje y filiación, asumiendo la capacidad de hacerse cargo de otro ser vivo distinto a ellos, lo cual pondrá a prueba su propio narcisismo (Yo Ideal) para convertirse en padres suficientes para ésa nueva vida que, como toda experiencia vital, es siempre inesperada. La llegada de un hijo causará incertidumbre, inquietud, dudas y temores, ya sea que haya sido planeada o no, pero al mismo tiempo aportará a los padres fuerzas de maduración y transformación, que permitirán finalmente acogerlo en su deseo, puesto que es justo en ése momento cuando realmente se convierten en padres, son los hijos los que crean a sus padres. Por este motivo muchas parejas con dificultades para concebir logran tener hijos biológicos una vez que han tenido la experiencia de adoptar y criar a otros niños.


En suma, los padres pueden desarrollar la capacidad de sostener y criar adecuadamente a un hijo aunque su llegada haya sido inesperada, a pesar de no haberlo deseado al principio. ¿Que habrá fallas y dificultades en la crianza? Sí, probablemente, porque esta es una característica subyacente a la maternidad y la paternidad, incluso en el seno de familias en las que el hijo fue pensado, deseado y planeado con minuciosidad. Sin embargo, dichas fallas no solamente permiten que los padres maduren en su capacidad de sostener a un hijo, sino que además se vuelven una posibilidad adaptativa y estructurante para el niño en la medida en que permiten restituir lo faltante con los propios recursos internos, convirtiendo el ambiente frustrante en uno suficiente, a esta capacidad Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista infantil, le denominó “mente”. ¿El abandono, el abuso y la violencia serán una posibilidad? Por supuesto, pero dichos fenómenos no pueden adjudicarse exclusivamente a casos en los que un niño no fue deseado, la experiencia clínica evidencia algo muy distinto, puesto que un hijo puede ser deseado para muchas cosas.

La felicidad y estabilidad psico-emocional de un niño no están condenadas a fracasar por el hecho de no haber sido deseado o planeado, de la misma forma en que no están garantizadas en aquel que sí. Ya sea que se trate de un hijo planeado o no, de uno de sangre o adoptivo, los padres deben atravesar el proceso de adoptarlo en su deseo y esto significa no solamente haberlo deseado, puesto que no es lo mismo desear un embarazo que desear ser padre, como no es lo mismo desear un bebé que desear un hijo.



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