• Alejandro Villegas

La lectoescritura y el cuerpo del niño: El lenguaje es madre y padre

Actualizado: 27 de sep de 2020

El lenguaje ostenta y prolonga las funciones constitutivas de la madre en tanto que precede y acoge al sujeto, lo dota de sentido, proporciona un lugar de filiación, concede una prehistoria y brinda pertenencia, pero también posibilita la inserción al orden social, presuponiendo la admisión, interiorización y convención de normas para su uso, que permiten la comunicación con el semejante, así pues, revela las funciones simbólicas del padre. Sin madre no hay posibilidad de Ser, sin el padre no hay cultura. El lenguaje es, pues, madre y padre a la vez.



La madre es quien presenta el lenguaje al niño a partir de un intercambio relacional que comienza siendo preverbal y egocéntrico, en el sentido de que el sistema de comunicación compartido por ambos es dual y hasta cierto punto exclusivo con relación al exterior, pues al privilegiar las sensaciones corporales antes que las palabras, se prescinde de su uso para la comunicación con el otro mientras se entabla una de manera interna y en “silencio”. Tanto el pequeño como su madre serán capaces de advertir en el otro señales que se interpretarán como elementos que comunican estados de ánimo, fantasías, pensamientos, etc. y esto les permitirá “entenderse” de manera muy particular: se trata de un lenguaje íntimo que sólo ellos reconocerán. Las caricias, las miradas, la temperatura corporal, el aroma, las inflexiones y modulaciones en la voz, el volumen, el timbre, la respiración y el tono muscular, irán progresivamente añadiendo su significación a las palabras que, aún así, seguirán teniendo la marca exclusiva de la diada madre-hijo: Los apodos de cariño con los que la madre nombra a su hijo, el cómo nominan las partes del cuerpo y los juguetes, los canturreos, los cuentos y, en suma, toda experiencia seguirá siendo íntima, un lenguaje del que los demás están excluidos, un lenguaje de dos.



A partir del efecto estructurante de la función simbólica del padre como interdictor del deseo materno, el lenguaje comenzará a adquirir cada vez más su carácter alocéntrico en tanto uso de los símbolos, las palabras y sus normas convenidas para la comunicación con los demás, es decir, el lenguaje dejará atrás su carácter constitutivo pero incestuoso para dar paso a las relaciones sociales, dando orden y estructura al sujeto. Ya no se tratará del uso de un lenguaje que sólo conocen dos, sino del uso de los elementos lingüísticos culturalmente convenidos para dar lugar a la terceridad que es, de hecho, humanizante.


Las dificultades con el uso del lenguaje, ya sea hablado o escrito, revelarán entonces los vestigios de estas funciones (materna y paterna) estructurantes para el sujeto y por supuesto de sus fallas, ya sea por exceso o por defecto; así, el mutismo o los retrasos en el habla podrán ser entendidos como negativas al desprendimiento materno al no permitir a la terceridad relacional que introduce el lenguaje, tal como ocurre con el uso persistente de neologismos en el niño, que de igual forma evitan que un tercero comprenda el sentido personal e íntimo de su lenguaje compartido; en el otro extremo, una brecha que imposibilita el vínculo simbiótico con la madre y que compromete el destino de la relación edípica se encuentra habitualmente en la “orfandad” respecto a la lengua materna que padecen los niños bilingües, cuando el idioma extranjero se adquiere a temprana edad; las dificultades con la ortografía y en general con las normas en el uso y evolución de la lengua adquieren un nuevo sentido si se considera el desafío como apelación a una función paterna desfalleciente o nula, tal como ocurrió con nuestro famoso Francisco de Goya y sus denominados “caprichos ortográficos” que, más allá de tratarse de errores gramaticales casuales o por falta de instrucción, develaban una deliberada oposición hacia las normas de la lengua, como reclamo a la sociedad burguesa y su privilegiada educación, lo mismo con toda experiencia que recordara la gestión paterna, representada ya sea por sus mentores, los estilos pictóricos imperantes en la época o por el régimen absolutista.



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